jueves, 12 de julio de 2012

Tomando consciencia y dejándola ir


En nuestro día a día más común, nos movemos en un estado mental orientado a objetivos: tengo que levantarme pronto y salir de casa rápido y no tener atasco para llegar al trabajo, acabar unos resultados para presentarlos al jefe, hacer tal o cual tarea al acabar la jornada laboral, planear el fin de semana, ver la película que emiten esta noche en la televisión…y cuando volvemos a la cama nos planteamos los objetivos del próximo día, tal vez adelantando diez minutos el despertador…

En este estado la mente está nublada por las proyecciones sobre los mil futuros posibles, “viviendo o creyendo vivir” en esos lugares imaginarios, donde piensa que se encontrará más completa al haberlos conseguido. La mente es la mente, y no se completa con las diez mil cosas externas a ella misma, sino que sólo se condiciona y por lo tanto se vuelve dependiente de las mismas.

El engaño está en creer que esa dependencia será conveniente para lograr la felicidad. Tratemos de presentar un caso de toda una vida desde la adolescencia de un muchacho que empieza a plantearse lo que desea para lograr esa felicidad:
-Cuando me vaya fuera de casa de mis padres a estudiar seré más feliz
-(una vez logrado) Cuando lleguen las vacaciones seré más feliz
-Cuando conquiste a esa chica seré más feliz
-Cuando empiece a trabajar y a tener dinero seré más feliz
-Cuando me case seré más feliz
-Cuando tenga hijos seré más feliz
-Cuando encuentre un trabajo mejor y tenga más dinero seré más feliz
-Cuando mis hijos sean mayores y tenga tiempo para mí seré más feliz
-Cuando me jubile seré más feliz
-Cuando pase esta enfermedad que tengo seré más feliz
-Cuando mis hijos vengan a visitarme y a pasar una temporada conmigo seré más feliz
-Cuando salga del hospital y me cure seré más feliz
-Si pudiera volver a ser joven, sano y libre sería feliz (volviendo a entrar en el ciclo de la corriente de desear esto o aquello)

Cualquier meta que esta persona se planteó sólo fue un “fin” temporal, carente de permanencia. Esa felicidad de la que se habla con facilidad es una chispa efímera de satisfacción de nuestros sentidos (los cinco sentidos físicos o los pensamientos mentales). Pero la sensación de satisfacción sólo genera apego a necesitar sentirse satisfecho, entrando en una espiral en la que nos preocupamos más por el “qué necesito ahora para sentirme más completo”, que por el hecho de “sentirnos” propiamente dicho.

Entramos así en un planning de vida sin fin alguno.  Estamos realizando un viaje a la playa y no dejamos de pensar en cuándo iremos a la montaña o a la ciudad. Estamos perdiendo así completamente lo único que realmente somos: el momento presente. No se trata de convencernos de que “ya estamos en el mayor logro posible y por lo tanto no necesitamos movernos de esta situación”, sino de ver con todo nuestro ser dónde estamos ahora y qué sentimos ahora. Ahora y sólo ahora, ello define lo que “somos”, no los recuerdos del pasado ni los pensamientos sobre el futuro. Y sin embargo es en la verdadera contemplación del presente, cuando vemos que todas las cosas vienen y van, aparecen un día y se van al otro. ¿Qué es lo que queda? Lo que siempre ha quedado: el momento presente. El cambio y la impermanencia son las características de todas las cosas, por lo que la idea de una “felicidad” verdadera no puede ser dependiente de las mismas.  

Si probáramos a quedarnos sólo unos poco segundos apuntando con nuestra mente al presente, descartando el moverla a situaciones del pasado o a pensamientos sobre el futuro, sólo contemplando el ahora ¿qué sucede? Nada… nada… las aguas en movimiento se calman y se vuelven transparentes pudiendo ahora “ver” más profundamente en nosotros mismos y en nuestro alrededor. Los deseos no nacen porque estamos ocupados plenamente “en el presente”, perdidos incluso de nuestra identidad, que es aquello que nos recuerda continuamente de dónde venimos (pasado), y dónde queremos llegar (futuro), dificultándonos el encontrar la paz del momento presente. 

La cosa más profunda es aquella que no tiene fondo. ¿Dónde acaba el momento presente si nuestra mente apunta al mismo?

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